Afuera el enemigo no es el golpe, es el agua que entra por capilaridad y el sol que dilata la pieza dos milímetros cada tarde. Casi ninguna moldura de interior sobrevive un año.
Una moldura exterior mal rematada no sólo se ve mal: convierte el vano de la ventana en una trampa de agua y la mancha de escurrimiento aparece al primer temporal.
Poner molduras en una fachada no es pegar perfiles bonitos: es decidir qué líneas van a organizar el muro. Con dos piezas bien puestas la casa cambia; con seis mal repartidas, se ve saturada.
Una cornisa sin goterón no es un remate, es una repisa que escurre agua sobre tu fachada. La diferencia entre un remate que dura y uno que se mancha en dos temporadas está en tres detalles de milímetros.